Dicen que en la vida hay que arriesgarse, que hay que dejarse llevar y disfrutar; de lo nuevo, de lo desconocido.. Dicen que la vida misma es una aventura y que hay que sentirla.
Y yo, por una de las pocas veces en la vida, lo hice. Me dejé llevar totalmente, sin pensarlo, contra todo y todos.
Me senté en una pluma y viajé por donde ella viajaba sin preguntarle a donde iba, ni por qué lo hacía. Y al principio me maree, pero luego pude disfrutar del viaje y descubrir su hermosura.
Sentí cosas que no sabía que podía sentir y viví momentos que no esperaba vivir que me llenaron de alegría, mientras el viento me daba en la cara y me despabilaba para que supiera que eso, aunque pareciera irreal, era mucho más real que otras cosas que había vivido.
Y cuando finalmente la pluma aterrizó, me dejó en un lugar tranquilo y lleno de amor y dulzura, donde quise quedarme, porque ahí yo era feliz.
Y yo pensé que, arriesgándome, le había ganado la pulseada a la vida, porque había entendido su filosofía y había descubierto el secreto para vivirla.
Pero no.
La vida nunca se comprende, no se pierde ni se le gana, porque la vida misma es un continuo aprendizaje, que no se le pueden poner condiciones ni límites y que siempre te toma desprevenido y te sorprende.
Así fue como me sorprendió a mí y me bajó de mi paseo en burbujas por el cielo y me trajo hacia este lugar donde estoy. Que no sé muy bien qué es ni qué hago acá, pero que sé que por algo tenía que venir y que ya voy a encontrar lo que tengo que buscar.
Ojalá pronto pueda ganarle otra pulseada a la vida, aunque luego me de cuenta que no le gané a nadie, pero para por lo menos, por esos mares y estrellas sobre un caballito de mar, por un rato poder navegar.
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